Al tratar de recordar los momentos de mi pasado escolar posados en mi memoria, se acerca a mi mente aquel compañero de aventuras, ese cojín que me acompañó desde los inicios de mi vida académica, ya que en la escuela donde estudiaba, aquella institución llamada la libertad, no existía la posibilidad de sentarse en una silla y mucho menos tener una mesa en donde apoyar las hojas que contenían toda clase de figuras extrañas y que debíamos impregnar de color, ya fuera con crayones, colores o trozos de papel que recortaba de esas revistas viejas de mi abuela, que se encuentran en el lugar más privilegiado mi mente, de donde ella sacaba los hermosos diseños de tejidos que tarde a tarde realizaba para salir un poco de la monotonía que representaban las tareas del hogar. En el momento que regresé a mi memoria en busca de algunos detalles, noté que estaba casi vacía.
Vino la graduación de jardín, aunque el recuerdo de la cantidad de grados que cursé para pasar a primero está realmente borroso. Me sentía grande en aquel inmenso teatro repleto de gente, y entre esa gente mi mamá y mi abuela me veían crecer y alcanzar logros que las hacían sentir las más orgullosas del mundo,tal vez igual a ese domingo, 2 de junio de 1985 en que le dieron la noticia a mi madre del nacimiento de Diana Carolina; aunque ese teatro ahora existe sólo en mis recuerdos. Logré subir el primer peldaño, pero aún faltaba mucho para llegar a la cima.
Llegó el cambio, y con él los maltratos de mi maestra de primero, que incluso no logro rescatar del olvido,eso era lo único que deseaba en ese tiempo, 20 años atrás, borrar esos trazos mal hechos y reconstruir toda la diversión y alegría que debe ser la vida de un niño, y que la escuela volviera a ser ese lugar en donde cada día significa una nueva aventura llena de muchas cosas por aprender.
En casa, las cosas siempre eran iguales, los cuidados y sobre-protección de mi madre, tal vez por ser hija única, y de mis abuelos, por ser la nieta consentida de la familia, hacían que mi niñez careciera de pilatunas y travesuras. La gente decía: ¡qué niña tan juiciosa!, pero cómo podía ser diferente, si ni siquiera me permitían salir con mis amigos a la calle a jugar, a correr, a llenarme de lodo la ropa, como cualquier niño, simplemente todo debía estar perfecto, reluciente.
Todo lo anterior se reflejaba en el colegio, especialmente en la primaria, porque , según dice mi madre, mis cuadernos eran perfectos, por ende, no tenían ningún tachón, no doblaba las puntas, mis apuntes demasiado organizados y además me caracterizaba por mi buena caligrafía, pero eso sí, mi ortografía era un desastre total. Las reglas ortográficas estaban escritas en chino y por más ejercicios que me obligaran a hacer eso no se grababa en mi disco duro. Y como en mi casa no había nadie a quien le gustara la lectura, y es más, no existía ninguna clase de libro diferente a lo que era la biblia y las cartillas del colegio. Aunque, al final de las cartillas de español venían algunos cuentos que recuerdo, incluso yo me adelantaba a leerlos, así que cuando llegaba el día de la actividad programada para ese texto ya lo había leído al menos 3 veces.
En casa, las cosas siempre eran iguales, los cuidados y sobre-protección de mi madre, tal vez por ser hija única, y de mis abuelos, por ser la nieta consentida de la familia, hacían que mi niñez careciera de pilatunas y travesuras. La gente decía: ¡qué niña tan juiciosa!, pero cómo podía ser diferente, si ni siquiera me permitían salir con mis amigos a la calle a jugar, a correr, a llenarme de lodo la ropa, como cualquier niño, simplemente todo debía estar perfecto, reluciente.
Todo lo anterior se reflejaba en el colegio, especialmente en la primaria, porque , según dice mi madre, mis cuadernos eran perfectos, por ende, no tenían ningún tachón, no doblaba las puntas, mis apuntes demasiado organizados y además me caracterizaba por mi buena caligrafía, pero eso sí, mi ortografía era un desastre total. Las reglas ortográficas estaban escritas en chino y por más ejercicios que me obligaran a hacer eso no se grababa en mi disco duro. Y como en mi casa no había nadie a quien le gustara la lectura, y es más, no existía ninguna clase de libro diferente a lo que era la biblia y las cartillas del colegio. Aunque, al final de las cartillas de español venían algunos cuentos que recuerdo, incluso yo me adelantaba a leerlos, así que cuando llegaba el día de la actividad programada para ese texto ya lo había leído al menos 3 veces.
Desde mis clases de informática en primerito supe de mi gusto por los computadores, me maravillaban y sorprendían, no perdía oportunidad para "cacharrear" y jugar en esos aparatos. Esa era la clase que alegraba las extenuantes y aburridas jornadas de estudio. Un aula con no más de 20 computadores grandísimos, pues en ese año aún estaba ingresando la tecnología, eso sí, algo atrasada.
En ese año, 1990, mi madre y mis abuelos decidieron cambiarme de colegio. Me imagino que fue por los inconvenientes que hubo con esa profesora cascarrabias que deseaba arrancarme las orejas de un solo jalón. La alegría fue inmensa cuando conocí el nuevo colegio en donde iba estudiar, el Divino Niño. Era inmenso, con grandes y verdes árboles por doquier, la naturaleza brillaba por todas partes, incluso los salones eran abiertos, no tenían ni puertas, ni rejas, definitivamente, la libertad total. Según lo que la gente decía, era un buen colegio. Y la verdad es que sí lo fue. Allí fue donde comenzó mi proceso de lectura. Recuerdo que en la lista de libros que nos daban a principio de año, siempre había uno de cuentos de torre de papel. Libros que con el pasar del tiempo volaron a manos de no sé quién.
Viene a mi mente el recuerdo del día que la profesora Marlene, de segundo primaria, le envió una nota a mi mamá porque yo había llegado a clase sin la tarea resuelta y ella lo tenía que firmar. Me llené de miedo de sólo pensar en llegar a casa y mostrarle la nota. Así que pensé en la solución "perfecta", imitar la firma de mi mamá. Al siguiente día, la profesora Marlene me pidió la nota firmada por mi madre y yo, satisfecha por la obra, se la entregué. Enseguida la profesora se dio cuenta de que esa no era la firma de mi mamá, así que le enviaron otra nota y, además le agregó el comentario del incidente. Las consecuencias no se hicieron esperar, la correa fue la primera que hizo presencia. La lección fue aprendida.
Los cuatro años que estudié en el Divino Niño pasaron volando. Cuando me di cuenta ya estaba finalizando quinto grado, como siempre a final de año se tomaban las fotos del grupo. Se venían grandes decisiones para mi familia, quedarme allí o irme a otra institución a terminar mi bachillerato. De todas maneras yo me sentía muy a gusto en ese colegio. Las notas no eran excelentes, pero tampoco se puede decir que fueran muy malas, nunca perdí ni una materia, a pesar de que yo odiaba las clases de educación física. Nunca me gustaron los juegos y mucho menos los deportes. La clase que más me gustaba era la de danza e informática. En esta última, recuerdo los juegos primitivos y básicos que nos enseñaban a manejar, era prince. Se trataba de un príncipe que tenía que pasar muchos obstáculos y niveles para salvar a su princesa. Me encantaba.
Fueron 3 bellos años llenos de buenas experiencias y excelentes recuerdos, aunque pocos. Realmente, siempre quise volver a estudiar allá, en el Divino Niño, esa selva ubicada en medio de la desolación del concreto. Pero mi madre, decidió cambiarme de colegio, siempre por lo que la gente decía. Para esa época murmuraban que el Divino Niño no tenía una buena calidad académica en la secundaria, y Janeth, como buena madre, deseaba lo mejor para su hija. Presenté el exámen de admisión para entrar a la secundaria en el colegio INEM. Al entrar ese día para la evaluación, me asusté al ver algo tan lúgubre, los pasillos extensos, los edificios desolados, las paredes llenas de graffittis y rayones, las sillas en muy mal estado. La verdad yo no quería estudiar ahí. Y la suerte estaba de mi lado, porque cuando salieron los resultados de los exámenes me di cuenta de que no había sido admitida para entrar a sexto grado. Pero, a los pocos días, aparecieron otras listas en donde, supuestamente, yo sí aparecía dentro de los estudiantes admitidos. Vino la tristeza, y con ella la búsqueda de la manera de convencer a mi mamá de que no me matriculara en ese colegio tenebroso, que parecía mas bien una casa embrujada. Unos momentos después, nos encontramos, mi madre y yo, con unos amigos de la familia que trabajaban como docentes en ese colegio, y quisieron darnos algunos concejos para que me fuera bien tanto académicamente, como socialmente. Ellos me aconsejaron que no llevara nada de relojes, ni anillos, ni nada de valor, porque en la institución se estaban presentando muchos robos. Ahí estaba, la excusa perfecta, cómo yo podía estudiar en un colegio tan peligroso, no, imposible. Al final lo logré, convencí a mi madre de que me inscribiera en otro colegio. El elegido, Colegio Adventista Libertad.
Tenía muchas expectativas, era un colegio súper grande, aunque no tanto como el Divino Niño, pero tenía muchos árboles y lugares por donde se podía pasear. Además, la idea de una educación con un enfoque religioso no me parecía tan malo. Pasó el tiempo y supe que ese colegio era excelente, me encantaban los profesores, también los compañeros, aunque habían varios que no pertenecíamos a la iglesia adventista; en los descansos nos íbamos con algunos compañeros a la parte trasera del colegio a robar a los grandes palos de mango que habían allí.
1997 fue un año donde sentí que me había caído toda la mala suerte del mundo. Perdí 7 materias, entre esas estaban: música, español, educación física, matemáticas, etc.; al final del año lectivo me tocó recuperar todas esas asignaturas, pero lo que más me dolía era que tocaba pagar como cuatro mil pesos por cada una. A pesar de que me encantaban las clases de caligrafía, en donde nos ponían a hacer unas planas donde había que seguir un patrón o tipo de letra, me encantaba eso, además de que todo el mundo me decía que tenía una letra muy bonita, todo eso era un orgullo para mí; pero fue ahí, en 1997 donde empecé a odiar el español, y con él la metáfora, el simil, la hipérbole y todas esas cosas raras que parecía que me las dictaban en chino. Aún así logré pasar todas las materias y fui promovida a 8o. grado.
En octavo fue donde empezaron los problemas, no tanto académicos sino económicos. Mi madre no tenía dinero para pagar las mensualidades de 65.000 y padre no le pasaba nada de plata. En el colegio comenzaron a llamarme para recordar lo que debía. Hasta que una vez me dijeron que si no pagaba, tocaba retirarme del colegio. Ese año también sufrimos la pérdida de la persona que yo más amaba y la que más me consentía, mi abuelito. Ese día yo no sabía que hacer, lo único que le preguntaba a mi mamá era a qué hora me podía ir para el colegio, estaba totalmente confundida. Fue un año muy duro. Mi madre pudo pagar lo que se debía, pero dijo que ya no podía seguir costeando una educación tan costosa y, además, era mejor que me cambiara a un colegio oficial para que la matricula en la universidad no saliera tan costosa.
En los últimos momentos de vida de mi abuelo, en la clínica, mi madre consiguió una amiga que le prometió un cupo en donde la señora trabajaba de coordinadora disciplinaria. Así fue como llegué al "Colegio Técnico Empresarial José María Estevez". Ese colegio era horrible, sólo era un edificio, tan pequeño a comparación de las instituciones anteriores, además, los estudiantes tenían unas pintas todas raras. El descanso del primer día fue terrible; no había por dónde caminar, uno alcanzaba a darle como 10 vueltas a todo el colegio en los 20 minutos de "recreo". Me sentía enjaulada.
Fue pasando el tiempo y me di cuenta que las cosas no eran tan malas como yo las veía. Empecé a conseguir amigas y en décimo alcancé a ocupar el puesto número 3 del salón. Me sentía realizada. Aunque todavía habían materias que eran la piedra en el zapato, como matemáticas. En español nos ponían a leer Juventud en Éxtasis y cosas así, pues la verdad a mí me gustaban, lo único significativo que alcancé a leer fue el Mío Cid.
Recuerdo mucho a las tertulias, eramos un grupo de 8 amigas del salón, así nos bautizó el profesor de inglés, Edgar. Todas estábamos ubicadas cerca y nos la pasábamos hablando en las clases. Todo era genial hasta que llegó la envidia y la hipocrecía. El problema llegó a oídos de la directora e incluso nos reunió en la oficina de ella para que tratáramos de arreglar los problemas que habían entre nosotras, pero todo fueron palabras En fin, al final quedamos un grupo de 4 amigas, eramos las más unidas. Y digo eramos porque eso solo duró ese año, hasta que acabó la secundaria. De ahí en adelante todo el mundo cogió por su lado. La gran mayoría se dedicaron fue al hogar y a crecer, pero en familia. Solo Yurley y yo tuvimos la oportunidad de ir a una universidad.
Mi madre quería que yo estudiara en la UIS, sentir el orgullo de tener una hija que estudiara ingeniería y fuera exitosa. Yo presenté los papeles sin ningún ánimo de entrar a estudiar en esa universidad, pues ya estaba inscrita en las Unidades Tecnológicas de Santander para estudiar Diseño y administración de Sistemas junto con mi gran amiga Yurley. Se publicaron los resultados de admisión de la UIS y yo no estaba en esos listados, que bien. Mi madre no perdía la esperanza, así que como había quedado a 10 cupos del corte, me obligó a hacer una carta pidiendo que si había algún estudiante que rechazara el cupo me lo cedieran a mí. Yo pensaba de todas maneras que eso ya era causa pérdida. Hasta que un día llegué a mi casa y me encontré con una carta para mí. Esa carta era de la UIS para avisarme que me habían admitido y que podía hacer todos los papeles para la matrícula. Que desgracia!, esa fue la peor noticia que pude haber recibido en toda mi vida. Yo no quería estudiar allá, además había escogido la carrera casi al azar, sí, me gustaban los computadores, pero sabía que no era buena para las matemáticas.
El primer semestre de Ingeniería de Sistemas fue un "chiripazo". Pasé todas las materias, claro que raspando. Incluso al profesor de Cálculo I lo invitamos con unos amigos a tomarnos unas cervezas para que nos pasara la materia. Presenté habilitación y todo seguía igual, la perdía como en 2.7 y ya me había resignado. Hasta que fui a recoger el polígrafo, ahí pude ver que sí funcionó la estrategia, salió Calculo I en 3.2. Y así continué, siendo una estudiante regular, tirando como a mala. Fueron 6 semestres en los cuales sólo avancé 3 niveles, porque cálculo II me tocó repetirlo como 4 veces. En el 2005 llegué al límite, entré en depresión. Las noches eran para mí una pesadilla, no porque soñara cosas feas sino porque no podía dormir de pensar en que había decepcionado a mi mamá, a toda la familia, también pensaba que era cierto lo que mi mamá me decía cada vez que podía "usted no sirve para nada". Todo era un infierno y decidí no soportarlo más, cancelé semestre.
Después de 2 años de trabajo y 4 intentos de entrar a estudiar Licenciatura en Inglés, decidí entrar a la UIS a estudiar Licenciatura en Español y literatura. Lo que más me llamaba la atención de ese plan de estudios era el francés y el latín, además, no me disgustaba ser profesora; lo único que no me gustaba de la carrera era la parte de literatura, aunque sabía leer, nunca le había tomado amor a la lectura, simplemente leía por obligación. Pero ahora sí me ha tocado vivir y padecer la lectura. Muchas veces hasta me he quedado dormida leyendo algún texto de teoría. También me siguen dando dolores de cabeza las materias como Análisis Literario o Literatura, ya sea colombiana, latinoamericana o de la misma conchinchina, no me gusta por la excesiva cantidad de material para leer. Aunque no puedo negar que muchos libros me han seducido de una forma muy bonita. Realmente considero que mi proceso lector comenzó en el año 2008, en la UIS.
En ese año, 1990, mi madre y mis abuelos decidieron cambiarme de colegio. Me imagino que fue por los inconvenientes que hubo con esa profesora cascarrabias que deseaba arrancarme las orejas de un solo jalón. La alegría fue inmensa cuando conocí el nuevo colegio en donde iba estudiar, el Divino Niño. Era inmenso, con grandes y verdes árboles por doquier, la naturaleza brillaba por todas partes, incluso los salones eran abiertos, no tenían ni puertas, ni rejas, definitivamente, la libertad total. Según lo que la gente decía, era un buen colegio. Y la verdad es que sí lo fue. Allí fue donde comenzó mi proceso de lectura. Recuerdo que en la lista de libros que nos daban a principio de año, siempre había uno de cuentos de torre de papel. Libros que con el pasar del tiempo volaron a manos de no sé quién.
Viene a mi mente el recuerdo del día que la profesora Marlene, de segundo primaria, le envió una nota a mi mamá porque yo había llegado a clase sin la tarea resuelta y ella lo tenía que firmar. Me llené de miedo de sólo pensar en llegar a casa y mostrarle la nota. Así que pensé en la solución "perfecta", imitar la firma de mi mamá. Al siguiente día, la profesora Marlene me pidió la nota firmada por mi madre y yo, satisfecha por la obra, se la entregué. Enseguida la profesora se dio cuenta de que esa no era la firma de mi mamá, así que le enviaron otra nota y, además le agregó el comentario del incidente. Las consecuencias no se hicieron esperar, la correa fue la primera que hizo presencia. La lección fue aprendida.
Los cuatro años que estudié en el Divino Niño pasaron volando. Cuando me di cuenta ya estaba finalizando quinto grado, como siempre a final de año se tomaban las fotos del grupo. Se venían grandes decisiones para mi familia, quedarme allí o irme a otra institución a terminar mi bachillerato. De todas maneras yo me sentía muy a gusto en ese colegio. Las notas no eran excelentes, pero tampoco se puede decir que fueran muy malas, nunca perdí ni una materia, a pesar de que yo odiaba las clases de educación física. Nunca me gustaron los juegos y mucho menos los deportes. La clase que más me gustaba era la de danza e informática. En esta última, recuerdo los juegos primitivos y básicos que nos enseñaban a manejar, era prince. Se trataba de un príncipe que tenía que pasar muchos obstáculos y niveles para salvar a su princesa. Me encantaba.Fueron 3 bellos años llenos de buenas experiencias y excelentes recuerdos, aunque pocos. Realmente, siempre quise volver a estudiar allá, en el Divino Niño, esa selva ubicada en medio de la desolación del concreto. Pero mi madre, decidió cambiarme de colegio, siempre por lo que la gente decía. Para esa época murmuraban que el Divino Niño no tenía una buena calidad académica en la secundaria, y Janeth, como buena madre, deseaba lo mejor para su hija. Presenté el exámen de admisión para entrar a la secundaria en el colegio INEM. Al entrar ese día para la evaluación, me asusté al ver algo tan lúgubre, los pasillos extensos, los edificios desolados, las paredes llenas de graffittis y rayones, las sillas en muy mal estado. La verdad yo no quería estudiar ahí. Y la suerte estaba de mi lado, porque cuando salieron los resultados de los exámenes me di cuenta de que no había sido admitida para entrar a sexto grado. Pero, a los pocos días, aparecieron otras listas en donde, supuestamente, yo sí aparecía dentro de los estudiantes admitidos. Vino la tristeza, y con ella la búsqueda de la manera de convencer a mi mamá de que no me matriculara en ese colegio tenebroso, que parecía mas bien una casa embrujada. Unos momentos después, nos encontramos, mi madre y yo, con unos amigos de la familia que trabajaban como docentes en ese colegio, y quisieron darnos algunos concejos para que me fuera bien tanto académicamente, como socialmente. Ellos me aconsejaron que no llevara nada de relojes, ni anillos, ni nada de valor, porque en la institución se estaban presentando muchos robos. Ahí estaba, la excusa perfecta, cómo yo podía estudiar en un colegio tan peligroso, no, imposible. Al final lo logré, convencí a mi madre de que me inscribiera en otro colegio. El elegido, Colegio Adventista Libertad.
Tenía muchas expectativas, era un colegio súper grande, aunque no tanto como el Divino Niño, pero tenía muchos árboles y lugares por donde se podía pasear. Además, la idea de una educación con un enfoque religioso no me parecía tan malo. Pasó el tiempo y supe que ese colegio era excelente, me encantaban los profesores, también los compañeros, aunque habían varios que no pertenecíamos a la iglesia adventista; en los descansos nos íbamos con algunos compañeros a la parte trasera del colegio a robar a los grandes palos de mango que habían allí.
1997 fue un año donde sentí que me había caído toda la mala suerte del mundo. Perdí 7 materias, entre esas estaban: música, español, educación física, matemáticas, etc.; al final del año lectivo me tocó recuperar todas esas asignaturas, pero lo que más me dolía era que tocaba pagar como cuatro mil pesos por cada una. A pesar de que me encantaban las clases de caligrafía, en donde nos ponían a hacer unas planas donde había que seguir un patrón o tipo de letra, me encantaba eso, además de que todo el mundo me decía que tenía una letra muy bonita, todo eso era un orgullo para mí; pero fue ahí, en 1997 donde empecé a odiar el español, y con él la metáfora, el simil, la hipérbole y todas esas cosas raras que parecía que me las dictaban en chino. Aún así logré pasar todas las materias y fui promovida a 8o. grado.
En octavo fue donde empezaron los problemas, no tanto académicos sino económicos. Mi madre no tenía dinero para pagar las mensualidades de 65.000 y padre no le pasaba nada de plata. En el colegio comenzaron a llamarme para recordar lo que debía. Hasta que una vez me dijeron que si no pagaba, tocaba retirarme del colegio. Ese año también sufrimos la pérdida de la persona que yo más amaba y la que más me consentía, mi abuelito. Ese día yo no sabía que hacer, lo único que le preguntaba a mi mamá era a qué hora me podía ir para el colegio, estaba totalmente confundida. Fue un año muy duro. Mi madre pudo pagar lo que se debía, pero dijo que ya no podía seguir costeando una educación tan costosa y, además, era mejor que me cambiara a un colegio oficial para que la matricula en la universidad no saliera tan costosa.
En los últimos momentos de vida de mi abuelo, en la clínica, mi madre consiguió una amiga que le prometió un cupo en donde la señora trabajaba de coordinadora disciplinaria. Así fue como llegué al "Colegio Técnico Empresarial José María Estevez". Ese colegio era horrible, sólo era un edificio, tan pequeño a comparación de las instituciones anteriores, además, los estudiantes tenían unas pintas todas raras. El descanso del primer día fue terrible; no había por dónde caminar, uno alcanzaba a darle como 10 vueltas a todo el colegio en los 20 minutos de "recreo". Me sentía enjaulada.
Fue pasando el tiempo y me di cuenta que las cosas no eran tan malas como yo las veía. Empecé a conseguir amigas y en décimo alcancé a ocupar el puesto número 3 del salón. Me sentía realizada. Aunque todavía habían materias que eran la piedra en el zapato, como matemáticas. En español nos ponían a leer Juventud en Éxtasis y cosas así, pues la verdad a mí me gustaban, lo único significativo que alcancé a leer fue el Mío Cid.
Recuerdo mucho a las tertulias, eramos un grupo de 8 amigas del salón, así nos bautizó el profesor de inglés, Edgar. Todas estábamos ubicadas cerca y nos la pasábamos hablando en las clases. Todo era genial hasta que llegó la envidia y la hipocrecía. El problema llegó a oídos de la directora e incluso nos reunió en la oficina de ella para que tratáramos de arreglar los problemas que habían entre nosotras, pero todo fueron palabras En fin, al final quedamos un grupo de 4 amigas, eramos las más unidas. Y digo eramos porque eso solo duró ese año, hasta que acabó la secundaria. De ahí en adelante todo el mundo cogió por su lado. La gran mayoría se dedicaron fue al hogar y a crecer, pero en familia. Solo Yurley y yo tuvimos la oportunidad de ir a una universidad.Mi madre quería que yo estudiara en la UIS, sentir el orgullo de tener una hija que estudiara ingeniería y fuera exitosa. Yo presenté los papeles sin ningún ánimo de entrar a estudiar en esa universidad, pues ya estaba inscrita en las Unidades Tecnológicas de Santander para estudiar Diseño y administración de Sistemas junto con mi gran amiga Yurley. Se publicaron los resultados de admisión de la UIS y yo no estaba en esos listados, que bien. Mi madre no perdía la esperanza, así que como había quedado a 10 cupos del corte, me obligó a hacer una carta pidiendo que si había algún estudiante que rechazara el cupo me lo cedieran a mí. Yo pensaba de todas maneras que eso ya era causa pérdida. Hasta que un día llegué a mi casa y me encontré con una carta para mí. Esa carta era de la UIS para avisarme que me habían admitido y que podía hacer todos los papeles para la matrícula. Que desgracia!, esa fue la peor noticia que pude haber recibido en toda mi vida. Yo no quería estudiar allá, además había escogido la carrera casi al azar, sí, me gustaban los computadores, pero sabía que no era buena para las matemáticas.
El primer semestre de Ingeniería de Sistemas fue un "chiripazo". Pasé todas las materias, claro que raspando. Incluso al profesor de Cálculo I lo invitamos con unos amigos a tomarnos unas cervezas para que nos pasara la materia. Presenté habilitación y todo seguía igual, la perdía como en 2.7 y ya me había resignado. Hasta que fui a recoger el polígrafo, ahí pude ver que sí funcionó la estrategia, salió Calculo I en 3.2. Y así continué, siendo una estudiante regular, tirando como a mala. Fueron 6 semestres en los cuales sólo avancé 3 niveles, porque cálculo II me tocó repetirlo como 4 veces. En el 2005 llegué al límite, entré en depresión. Las noches eran para mí una pesadilla, no porque soñara cosas feas sino porque no podía dormir de pensar en que había decepcionado a mi mamá, a toda la familia, también pensaba que era cierto lo que mi mamá me decía cada vez que podía "usted no sirve para nada". Todo era un infierno y decidí no soportarlo más, cancelé semestre.
Después de 2 años de trabajo y 4 intentos de entrar a estudiar Licenciatura en Inglés, decidí entrar a la UIS a estudiar Licenciatura en Español y literatura. Lo que más me llamaba la atención de ese plan de estudios era el francés y el latín, además, no me disgustaba ser profesora; lo único que no me gustaba de la carrera era la parte de literatura, aunque sabía leer, nunca le había tomado amor a la lectura, simplemente leía por obligación. Pero ahora sí me ha tocado vivir y padecer la lectura. Muchas veces hasta me he quedado dormida leyendo algún texto de teoría. También me siguen dando dolores de cabeza las materias como Análisis Literario o Literatura, ya sea colombiana, latinoamericana o de la misma conchinchina, no me gusta por la excesiva cantidad de material para leer. Aunque no puedo negar que muchos libros me han seducido de una forma muy bonita. Realmente considero que mi proceso lector comenzó en el año 2008, en la UIS.


