Dedicado a: Andrés Muñoz
Amanece, el sueño domina sus ojos. Es viernes y ya es tarde para ir al colegio. Se arregla en diez minutos porque ya son las seis y diez de la mañana y va a llegar muy tarde. Sólo piensa en el camino hacia el colegio que en esas circunstancias se hace eterno, especialmente cuando es hora pico y el metrolínea va llenísimo, pero aún así tiene que llegar lo más pronto posible porque una llegada tarde más y tendrá que pagar las consecuencias, una anotación. Sin embargo, a lo lejos se va acercando una sombra, con paso lento y apariencia somnolienta, es su abuelo que pregunta por qué tanto alboroto y Andrés lo único que responde es: -“Me cogió el tarde” -. Después de escuchar la cantaleta de siempre, el abuelo hace una propuesta muy interesante que consiste en llevarlo hasta el colegio en su carro. Esa propuesta fue la mejor y la más oportuna. Eran las seis y cuarto cuando la camioneta azul arrancó a toda velocidad. Andrés sólo miraba el reloj cada segundo, pero el tiempo pasaba muy rápido para él. Su mente lo bombardeaba con pensamientos no muy positivos. Pasaron la autopista, la carrera treinta y tres casi a setenta kilómetros por hora. Parecía que estuviese participando en una carrera contra el tiempo. Eran las seis y veintiocho minutos cuando la camioneta del abuelo frenó, pero Andrés ya tenía la puerta abierta para correr hacia la puerta que en unos segundos se cerraría. A tiempo para empezar la jornada de estudio.
Pasan las horas y las clases, pero Andrés solo desea llegar a casa para descansar y recuperar las horas de sueño perdidas de la noche anterior. Son las 10 de la mañana, hora de la clase física, la materia más aburrida en el mundo con sus números y fórmulas. Se acerca el profesor con las guías de siempre, las reparte y sólo dice: “- Al final de la clase recojo el taller resuelto”. Lo único que lo alienta a continuar es la esperanza de que cuando sean las once y media podrá llegar a su casa. El taller de física está muy difícil, parece que estuviera escrito en chino, por eso razón decide buscar la ayuda de los compañeros más pilos de la clase que siempre trabajan y obtienen las mejores notas; pero como siempre, al final lo que hace es copiar los ejercicios resueltos por los demás compañeros. Mira el reloj y son las once y veinticinco minutos; empieza a guardar el lápiz y el cuaderno, casi nuevo por su desinterés por la clase, con toda la calma para que su afán pase desapercibido y la espera se hace larguísima. Las once y media y puede salir. No desperdicia ni un solo minuto, corre y sus amigos se quedan con la despedida en la boca. Al salir, el calor calcinante sobre su cuerpo lo hace sentir tan pesado que su somnolencia se multiplica a tal punto que se queda dormido en la silla del bus, aunque la incomodidad es mayor que el sueño acumulado por largo tiempo. El calor, el ruido y las frenadas en seco hacen que Andrés pierda todo rastro de sueño mientras va en camino a casa.
Llega a casa como bañado por el más fuerte aguacero, pero no es agua, es el sudor causado por el calor fatigante, por esa razón es que lo primero que hace es quitarse la ropa, como de costumbre andar en ropa interior por toda la casa. Su almuerzo está servido en la mesa porque su mamá se asegura de tener todo listo para cuando el niño llega. Un litro de agua acompaña la carne en bistec, el arroz y la ensalada del almuerzo, todo desaparece en un instante. La fresca cama lo está esperando con los brazos abiertos. Son las dos de la tarde y Andrés por fin se acuesta. El televisor encendido sirve de arrullo para recuperar el sueño, que había tenido una leve pausa en su trayecto a casa. Mientras el sueña con el compromiso de trabajo de la noche, el televisor canta su arrurú hasta que Sandra, su mamá, se da cuenta de que nadie está mirando t.v y su hijo está descansando.
Son las cinco y media de la tarde y Andrés recibe una llamada a su celular. Se despierta asustado por el ruido, pero no alcanza a contestar. Vuelven a llamar y Andrés acuerda su llegada a las 7 de la noche. Es un concierto del que le avisaron a última hora. Se baña, se pone el uniforme y se perfuma. Está pendiente de salir más temprano para alcanzar a comprar una hamburguesa en el nuevo sitio que inauguraron el fin de semana pasado porque es consciente de que no va a comer mucho durante la noche que va a ser bastante larga. Aún así la emoción de irse a trabajar es muy notable, la música es la pasión más grande que ha tenido toda la vida. Desde pequeño Sandra, su madre, lo inscribía en las mejores academias de música para que ocupara su tiempo en algo productivo. Aunque tiene 17 años y ya trabaja, no ha terminado su bachillerato; infortunadamente, las matemáticas, el español ni ninguna otra materia lo ha atrapado tanto como el negocio de la música. La abuela de Andrés le tiene prometido que si termina satisfactoriamente el bachillerato y obtiene su cartón le regala todos los aparatos necesarios para que monte su propio negocio de sonido para eventos sociales, esta es la mayor motivación para que culmine sus estudios.
A las dos de la madrugada el evento llega a su fin y exhausto se toma unas cervezas con sus amigos antes de ir a casa. Cuatro cervezas y Andrés se va a descansar porque en el fin de semana la agenda está bastante apretada con toda clase de eventos por cubrir. Son las tres y media de la madrugada y Andrés Felipe está dormido.




