jueves, 27 de septiembre de 2012

III. ANDRÉS: ENTRE LA PASIÓN Y EL DEBER


Dedicado a: Andrés Muñoz
Amanece, el sueño domina sus ojos. Es viernes y ya es tarde para ir al colegio. Se arregla en diez minutos porque ya son las seis y diez de la mañana  y va a llegar muy tarde. Sólo piensa en el camino hacia el colegio que en esas circunstancias se hace eterno, especialmente cuando es hora pico y el metrolínea va llenísimo, pero aún así tiene que llegar lo más pronto posible porque una llegada tarde más y tendrá que pagar las consecuencias, una anotación. Sin embargo, a lo lejos se va acercando una sombra, con paso lento y apariencia somnolienta, es su abuelo que pregunta por qué tanto alboroto y Andrés lo único que responde es: -“Me cogió el tarde” -. Después de escuchar la cantaleta de siempre, el abuelo hace una propuesta muy interesante que consiste en  llevarlo hasta el colegio en su carro. Esa propuesta fue la mejor y la más oportuna. Eran las seis y cuarto cuando la camioneta azul arrancó a toda velocidad. Andrés sólo miraba el reloj cada segundo, pero el tiempo pasaba muy rápido para él. Su mente lo bombardeaba con pensamientos no muy positivos. Pasaron la autopista, la carrera treinta y tres casi a setenta kilómetros por hora. Parecía que estuviese participando en una carrera contra el tiempo. Eran las seis y veintiocho minutos cuando la camioneta del abuelo frenó, pero Andrés ya tenía la puerta abierta para correr hacia la puerta que en unos segundos se cerraría. A tiempo para empezar la jornada de estudio.

Pasan las horas y las clases, pero Andrés solo desea llegar a casa para descansar y recuperar las horas de sueño perdidas de la noche anterior. Son las 10 de la mañana, hora de la clase física, la materia más aburrida en el mundo con sus números y fórmulas. Se acerca el profesor con las guías de siempre, las reparte y sólo dice: “- Al final de la clase recojo el taller resuelto”. Lo único que lo alienta a continuar  es la esperanza de que cuando sean las once y media podrá llegar a su casa. El taller de física está muy difícil, parece que estuviera escrito en chino, por eso razón decide buscar la ayuda de los compañeros más pilos de la clase que siempre trabajan y obtienen las mejores notas; pero como siempre, al final lo que hace es copiar los ejercicios resueltos por los demás compañeros. Mira el reloj y son las once y veinticinco minutos; empieza a guardar el lápiz y el cuaderno, casi nuevo por su desinterés por la clase, con toda la calma para que su afán pase desapercibido y la espera  se hace larguísima. Las once y media y puede salir. No desperdicia ni un solo minuto, corre  y sus amigos se quedan con la despedida en la boca. Al salir, el calor calcinante sobre su cuerpo lo hace sentir tan pesado que su somnolencia se multiplica a tal punto que se queda dormido en la silla del bus, aunque la incomodidad es mayor que el sueño acumulado por largo tiempo. El calor, el ruido y las frenadas en seco hacen que Andrés pierda todo rastro de sueño mientras va en camino a casa.

Llega a casa como bañado por el más fuerte aguacero, pero no es agua, es el sudor causado por el calor fatigante, por esa razón es que lo primero que hace es quitarse la ropa, como de costumbre andar en ropa interior por toda la casa. Su almuerzo está servido en la mesa porque su mamá se asegura de tener todo listo para cuando el niño llega. Un litro de agua acompaña la carne en bistec, el arroz y la ensalada del almuerzo, todo desaparece en un instante. La fresca cama lo está esperando con los brazos abiertos. Son las dos de la tarde y Andrés por fin se acuesta. El televisor encendido sirve de arrullo para recuperar el sueño, que había tenido una leve pausa en su trayecto a casa. Mientras el sueña con el compromiso de trabajo de la noche, el televisor canta su arrurú hasta que Sandra, su mamá, se da cuenta de que nadie está mirando t.v y su hijo está descansando.

Son las cinco y media de la tarde y Andrés recibe una llamada a su celular. Se despierta asustado por el ruido, pero no alcanza a contestar. Vuelven a llamar y Andrés acuerda su llegada a las 7 de la noche. Es un concierto del que le avisaron a última hora. Se baña, se pone el uniforme y se perfuma. Está pendiente de salir más temprano para alcanzar a comprar una hamburguesa en el nuevo sitio que inauguraron el fin de semana pasado porque es consciente de que no va a comer mucho durante la noche que va a ser bastante larga. Aún así la emoción de irse a trabajar es muy notable, la música es la pasión más grande que ha tenido toda la vida. Desde pequeño Sandra, su madre, lo inscribía  en las mejores academias de música para que ocupara su tiempo en algo productivo. Aunque tiene 17 años y ya trabaja, no ha terminado su bachillerato; infortunadamente, las matemáticas, el español ni ninguna otra materia lo ha atrapado tanto como el negocio de la música. La abuela de Andrés le tiene prometido que si termina satisfactoriamente el bachillerato y obtiene su cartón le regala todos los aparatos necesarios para que monte su propio negocio de sonido para eventos sociales, esta es la mayor motivación para que culmine sus estudios.

A las dos de la madrugada el evento llega a su fin y exhausto se toma unas cervezas con sus amigos antes de ir a casa. Cuatro cervezas y Andrés se va a descansar porque en el fin de semana la agenda está bastante apretada con toda clase de eventos por cubrir. Son las tres y media de la madrugada y Andrés Felipe está dormido.

IV. CRÓNICA DE UNA LENGUA SIN VOZ



Dedicado a: Claudia  Hernández V. 
A lo lejos escucho unos sonidos muy extraños. Me acerco y en la pared puedo ver el reflejo de una sombra que mueve sus manos. Sólo unos pasos más y puedo ver una cara. Sus gestos expresan muchos sentimientos, pareciera que hablaran. Al final logro comprenderlo, está comunicándose, está hablando, sólo que con una forma muy particular de expresarse.. Aunque ella, Claudia, lo hace parecer tan simple como un juego, es un código muy raro y no muy fácil de comprender. Su lengua forma parte de su personalidad, de su ser y es esto lo que la identifica en un mundo de gran diversidad. Para ella, la sordera no es ninguna discapacidad, simplemente es la oportunidad que le da la vida de conocer y hacer uso de una lengua diferente al español. Para  la gente que se dice “normal” esta no es una lengua, sólo es la forma de sobrepasar el obstáculo que representa su discapacidad. Claudia afirma: “- Me siento orgullosa de ser parte de esta comunidad.

Para Claudia, entender el español ha sido una tarea casi imposible, su estructura es tan compleja que no logra relacionarlo totalmente con su lengua. Por lo tanto, el español se convirtió en esa gran piedra de tropiezo en su paso por la escuela. A pesar de ser diferente, ella siempre se destacó entre sus demás compañeras sordas. En una ocasión el docente le expresó que tenía un buen perfil para ser docente ya que le explicaba muy bien a sus compañeras lo poco que comprendía en las explicaciones de la clase. Es en ese momento cuando empieza a brillar un talento precioso en ella, el de enseñar.

Los inconvenientes no dejaron de presentarse. Llegaron las alfabetizaciones y con ellas, nuevas oportunidades para explorar su talento. Aunque Claudia no podía hacer las mismas actividades de alfabetización que hacían sus compañeras, fue necesario buscar otras formas de cumplir con ese requisito para la graduación. Ser modelo, fue la propuesta del Instituto “Centrahabilitar”, pero no modelo de modas, como esas mujeres delgadas y desencajadas que se ven en la televisión, sino modelo lingüístico de la lengua de señas.  Esta fue una gran oportunidad que abrió las puertas para salir al mundo y demostrar que es una persona tan capaz e inteligente como las demás. Además, que mejor opción que mostrar y enseñar a la sociedad su orgullo de ser hablante de la lengua de señas.

En 1994, fue su primera experiencia docente. De una u otra manera Claudia tenía que salir adelante, aunque la sociedad y sus prejuicios fueran los más grandes obstáculos para esquivar. Fue su tía Clara quien le dio la oportunidad de ser, durante su ausencia, el reemplazo de docente de lengua de señas en las más grandes universidades de Bucaramanga. Una luz brilló en el camino oscuro de su vida, y no solo la suya, sino de muchos como ella. Sólo hasta ese año fue que se legalizaron las señas como forma de comunicación, como una lengua. Este fue el paso más importante en la vida de los sordos, y en especial en la de Claudia. Esto significó no sólo el reconocimiento de su lengua, sino: “- fue un reconocimiento como personas que hacen parte de una sociedad, un tomarnos en cuenta”. Por lo tanto, sólo de esta manera fue posible comenzar a enseñar esa lengua que estaba en el rincón del olvido, un rincón oscuro al que nadie le interesaba iluminar.

Claudia continúa con su trabajo de modelo lingüístico. Para mí es un orgullo verla en cada programa de televisión que se interpreta, ya sea para empresas o colegios  o entrevistas porque a pesar de los obstáculos ha salido adelante. Además, de esto se dedica a lo que más ama en su vida, la enseñanza de la lengua de señas. A pesar de que no puede estudiar una carrera como lo hacen los demás, ya que en Colombia no hay este tipo de enseñanza, ella ha asistido a unas cualificaciones que la actualizan en las cuestiones de la enseñanza de la lengua de señas como lengua materna. Dar la oportunidad a otros niños que disfruten y exploten su lengua como cualquier otra es la más grande felicidad y orgullo de Claudia, también lograr que la sociedad sea inclusiva y no vea a los sordos como unos discapacitados que sólo inspiran lástima. Lo que Claudia  más desea es que se le brinde a los sordos un lugar en esta sociedad llena de prejuicios, donde nadie se compromete a darle la mano a los demás. Es por esto que ella ama su trabajo, para darle un mundo mejor a los niños sordos, nuevas oportunidades y una de sus herramientas es comprometer a los padres de todos esos niños, que sean su más grande apoyo para que labores como la de Claudia tengan un efecto positivo y den esperanza de sobrevivir a esta lengua.